Thursday, November 5, 2015

Mil cosas para decirte


- ¿Y si te dijese que no tengo más nada que decirte? Pregunto ella sin voltear.

- Pues todo se terminaría. Volverías a ser una mujer libre. Dijo él serio.

- Heme aquí. Inhaló profundamente. Una mujer libre, al fin. Dijo ella exhalando y sonriéndole abiertamente, guardando bajo llave todo dolor que amenazase con destruir puesta en escena.

Él no dijo más nada, solo se fue ¡Ni siquiera sonrió o la felicitó! Y ella esperaba más de él, mucho más. ¿No iba a correr detrás de ella cómo hizo tantas veces? En efecto, ella estaba en lo correcto: no la amaba como antes… seguramente había alguien más y ella lo descubriría. ¡Pero nada le importaba ya! Él no tenía nada más que ver con ella, y ella tenía recordar lo era ser una mujer libre y cómo se sentía.

Se pasó incontables tardes en casa, llorando su perdida; pero orgullosa, sobre todo orgullosa porque ese hombre no tuvo tiempo de engañarla, no tuvo tiempo de burlarse de ella porque ella se dio cuenta justo a tiempo de que sus ojos ya no eran para ella, sus palabras y sus sentimientos tampoco. Todo se había ido con la otra mujer a la que ahora miraba, aun cuando no sabía aún de quién se trataba.

De ahora en adelante sería una mujer nueva, “una nueva yo” diría ella, riéndose estruendosamente, tratando de auto convencerse de su creciente felicidad, de su fineza de elección, de su perspicacia y genialidad. Pero, de repente, caían en su ventana rastros de diciembre haciendo que su corazón se acongojará con cada copo. Sin embargo, no tenía tiempo que perder era hora de dormir y tenía que levantarse radiante a saludar a su nueva vida y todo lo que traía consigo.

Al siguiente día todo seguía como el día anterior: sin llamadas ni mensajes de su parte, era una muerte anunciada y ella lo sabía, pero se esmeraba en creer que era una mala pasada que la vida le estaba jugando; y, que en el rato menos esperado, él aparecería con su cara de niño arrepentido, pidiéndole que vuelva a él. Lastimosamente esta vez las cosas eran serias, él se había cansado de verdad y no iría por ella nunca más, pero eso no lo supo sino dentro de un par de meses más.

Era hora de levantarse y seguir con su rutina diaria, ya había descartado esos mensajes mañaneros que solía enviarle; ya no había necesidad de esclavizarse al arduo trabajo de pensar en qué escribirle cada nuevo día, se había liberado a sí misma de ello cuando terminaron; después de todo para él sus esfuerzos no eran más que mera rutina. Para ella solían ser un placer mañanero, pensar en las palabras exactas, entre miles y miles, de recordarle que lo amaba; pero ahora no sonaba más que a una innecesaria y molesta labor que ella se había autoimpuesto.

Cuando llegó a su oficina no tenía idea de qué hacía ahí, recordaba que era editora y, una especie de escritora pero había olvidado qué solía hacer todos los días. Y no podía preguntarle a nadie cuál era su trabajo porque se suponía que ella debía saberlo; sin embargo: le pesaba mucho la cabeza, los ojos le dolían tanto que sentía un leve ardor, pero lo que no tenía punto de comparación era su corazón. Hubiese dudado de que este siguiese vivo de no ser por ese dolor tan real, incluso a nivel físico, que sentía cada vez que pensaba en él y su corazón se sacudía y estremecía como rogando que pare con la tortura.

- ¡Te extrañe tanto, linda! Dijo él envolviéndola en un fuerte abrazo. ¿Cómo es posible que tenga a la novia más dulce del mundo? Dijo sonriendo y besando su frente.
- No sé, aun me pregunto cómo es que tengo al novio más tierno del planeta. Dijo ella riendo para sus adentro pensando en el montón de cursilerías que se decían diariamente, pero que la hacían tan feliz.

Y por un momento se había vuelto a perder a sí misma en sus recuerdos ¿Cómo es que habían hecho tantos en tan poco tiempo? ¿Y ahora ella qué haría para deshacerse de ellos? Se preguntaba mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro como si de una llave abierta se tratase, parecía que nada haría que pare de llorar; pero una vez que vio donde se encontraba su sentido de realidad la hizo “volver en sí”, aunque se preguntaba si había manera de volver en sí sin él.

¡Ah! Así se sentía la libertad, pensó, se sentía fría como un diciembre interminable, estancado eternamente en otoño; donde el invierno tan letal y ansiado, solo hacia apariciones evaporándose en un abrir y cerrar de ojos, haciéndose anhelar. ¿Él estaría en otoño, en invierno o ya estará disfrutando del verano o la primavera? Se preguntaba, después de todo él era un chico de veranos, aunque bien sabía ella que hacía tiempo los soles dejaron de ser parte de su vida.

Finalmente, vislumbró un destello de luz frente a ella, en el cartel de noticias de su trabajo había un gran comunicado anunciando una infinidad de propuestas de trabajo en el exterior; eso era lo que necesitaba “nuevos aires”, ser capaz de volver a vivir desde un nuevo punto de partida, estaba cansada de las mismas caras, de las mismas pasiones, de las mismas dolencias. Ya había pasado medio año desde que él terminó con ella y parecía que fue ayer cuando todo aconteció. Su problema era que, a pesar de que habían terminado, todo seguía como ellos lo habían planeado, ella necesitaba hacer cambios, pero no más cambios pequeños, era hora de hacer grandes cambios para poder notar la diferencia y sentirse nuevamente dichosa.


Tras lograr ser aceptada para el trabajo en París y haberse mudado, seguía sintiendo el mismo vacío en el pecho que sentía antes de viajar. ¿Pero cuando piensa irse este malestar infame? Exigía saber, aun a sabiendas de que se iría cuando quisiese irse, de la misma en qué llegó, así mismo se iría algún día de Julio, o talvez en Junio, o mejor aún: en Abril. Se había cansado de pretender que todo iría según ella quisiese, admitía su derrota y admitía sus necesidades, no podía más y las oportunidades suelen darse una sola vez en la vida, pero él era su oportunidad eterna, su Única Oportunidad y no estaba dispuesta a pasar un minuto más sin él. Soledad agarró el teléfono y marcó su número.

- Aló. Dijo una voz familiar al otro lado de la línea y, de repente, toda esa energía que parecía haber desaparecido de su cuerpo, toda la esperanza que parecía perdida, todo, volvía a ella. Él, era él, su nueva vida, su libertad, su oportunidad, su cambio, su todo, era él. Siempre había sido él para ella, y no era nada más que su propia idiotez y falta de expresión que la habían llevado a padecer cerca de un año entero su ausencia. Al fin gustaba, una vez más, de uno de los más grandes placeres de la vida: Escuchar su voz.

- ¿Y si te dijese que tengo mil cosas que decirte? Preguntó ella. Y escuchó una leve risa al otro lado.





Madelaine Bustamante (Noviembre 05. 2015)

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