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Sunday, February 23, 2020

Tu Historia Sin Final

“Con estas consideraciones oscuras estoy tratando una vez más de acercarme al misterio de la transmutación de la angustia, siempre relacionada con el vértigo y el pozo, en esta serenidad contemplativa que, a veces, culmina en la alegría de desaparecer en la visión de esas cosas que resultan tanto más hermosas cuanto más prescinden y menos se preocupan de nosotros, y cuya belleza reside precisamente en ese poder que tienen de anonadarnos.” (Catherine Millot, ¡Oh, soledad!)

“Disculpen el desorden,” dije cansada. “Me he pasado el fin de semana con mis antiguas amigas.” Concluí señalando los sillones.‬
‪Y todos me miraban… me miraban con sorpresa, angustia y extrañeza. Me pregunté, por un segundo, si empezaba a imaginar cosas… “Imposible, los fantasmas no hablan,” dije para mis adentros. 
“Por favor, siéntanse como en su casa, prepararé un poco más de té.” Y vi a Clara a punto de sentarse encima de Galatea. “¡Clara!” Fue todo lo que pude decir mientras la miraba horrorizada y ella dio un salto.




“¿Sí?” Respondió.
“Parecía que estabas por sentarte en Galatea.” Le dije y ella soltó algo parecido a una risa nerviosa, pero nunca se sabe con Clara, se altera con extrema facilidad, demasiada diría yo; es muy nerviosa y cuando se ríe cuesta un poco adivinar su verdadero estado de ánimo. Su esposo la ayudó a sentarse a su lado, “pobre Clara,” pensé, con dos hijos debe ser difícil mantener la calma, y luego pensé en mis propios anhelos... me pregunté si la calma valía tanto como el ruido cuando se tiene hijos. Sacudí mi cabeza queriendo apartar los “malos pensamientos,” porque no tenía tiempo para eso con todas esas personas en mi casa.
“Te ves bastante cansada,” comentó Orlando y me reí para mis adentros, el tacto nunca ha sido uno de los fuertes de Orlando, pero yo me llevaba bastante bien con él, apreciaba y apreció su extrema honestidad, Sanon también la apreciaba mucho.
“Tan amable como siempre, Orly. Bueno, Galatea y Nana vinieron hace un par de días y he estado demasiado entretenida como para descansar. Cuando estás disfrutando el tiempo pasa volando, como tú bien sabrás; decías eso todo el tiempo la primavera pasada cuando estuvimos en Chipre.” Y Orlando se rió.
“Así es. Viajar es uno de los pocos placeres que me rehuso a negarme.” Continuó y yo asentí, él sabía que yo pensaba lo mismo al respecto, tantas veces ya hemos hablado del tema.
“Y dime, Oda ¿Dónde está Sanon?” 
“No lo sé,” respondí algo incómoda. Aunque a decir verdad no sabría decir por qué estaba incómoda, era normal que Orlando pregunté de Sanon.
“¿No lo sabes?” Insistió Orlando incrédulo.
“¿Tampoco ha estado en casa?” Preguntó Clara y la miré algo fastidiada, ¿por qué habría de preguntarme eso? ¿Qué estaba pasando por su mente? Sanon era mi esposo, claro que venía a casa todos los días; en efecto, últimamente ha estado en casa más que en ningún otro lugar.
“¿A qué te refieres con “tampoco,” Clara?” Pregunte mirando a Clara a los ojos, tratando de ver si había algo más allá, después de todo Sanon es un hombre maravilloso, es comprensible que hasta una mujer casada se fije en él, aun si esta mujer casada es mi amiga de hace ya varios años, y tanto ella como su esposo acostumbran a pasar vacaciones conmigo y mi esposo hoy en día.
“Sanon no ha estado asistiendo al trabajo, Oda.” Dijo Orlando algo preocupado. “¿Se encuentra bien?” 
“Sí, nada más algo cansado.” Respondí. “Si me disculpan un momento, voy a preparar el té. ¡Oh, santo cielo! Disculpen mi falta de modales. Galatea, Nana, ellos son Clara y Orlando, queridísimos amigos míos y de Sanon.” Sonreí y me retiré a la cocina, sabía que Orlando sabría mantener la fluidez de la conversación tras las respectivas presentaciones; mi parte del trabajo estaba hecho.
Me apresuré a la cocina, y esta vez encendí las dos teteras, seguramente Galatea y Nana necesitaban más ahora. Encendí el fuego a toda potencia, y me apresuré a conseguir el azúcar, si bien Clara no solía consumir dulces, Orlando optaba por un poco de azúcar con su té a veces, como yo. Cuando la tetera empezó a sonar, la moví de inmediato y serví cinco tazas de té. Los lleve a la sala, y me encontré con Orlando y Clara hablando muy bajito, mientras que Nana y Galatea me miraban y los señalaban con los ojos, cómo pidiéndome que haga algo con la incómoda situación.
“El té está listo,” dije y empecé a ordenarlos en la mesa, mientras retiraba los anteriores que ya estaban fríos.
“¿Lograron conocerse un poco?” Pregunte a pesar de saber que no habían avanzado.
“Bueno... es que...” dijo Clara algo apenada y yo solo quería sacudirla, invitandola, a mi manera, a que se calme y pueda disfrutar la visita.
“Necesito hablar con Sanon, Oda. ¿Podrías llamarlo?” Insistió Orlando y me pregunté por qué estaba siendo tan agresivo, Orlando solía tener un poco más de delicadeza en general, aun si el tacto en sí no fuese su fuerte, sus modales eran bastante buenos.
“Creo que sería mejor que pases al cuarto, no ha salido estos días.” Continúe, “tal vez, incluso, logres que se levante de la cama,” dije algo apenada. No sabía bien qué le pasaba últimamente y aunque había intentado ya varias veces que diga algo se mantenía en silencio.
Orlando me siguió a la habitación, y Clara detrás de él, supuse que se sentiría incómoda con dos extrañas por lo que no dije nada al respecto. Cuando abrí la puerta un olor fétido salió y me asombre porque no era el olor usual de nuestra habitación. Orlando se acercó a Sanon y levantó su mano, indicando a Clara que no siguiera. 
Yo me senté a lado de Sanon, acaricie sus cabellos y besé su frente. “Espero que te escuche, Orly. Hace tanto que no me habla.” Dije y las lágrimas rodaron por mis mejillas. Y la mirada de Orlando me dijo tanto... ¿Acaso me encontraba frente a mi propio precipicio? Porque el silencio de Sanon representaba una eterna ausencia, y su ausencia representaba mi muerte. Y su vida, mi vida.

“Nos vemos, así, a veces, confrontados con el hecho de no ser nadie para el otro, hecho que, cuando se ama, se confunde con la muerte. «El amor, decía Bataille, eleva el gusto de un ser por otro a un grado de tensión en el que la eventual privación de la posesión del otro o la pérdida de su amor se siente tan duramente como una amenaza de muerte.»” (Catherine Millot, ¡Oh, soledad!)

Thursday, September 5, 2019

Tu arte

     Después de tanto haberte insistido, habías aceptado, habías elegido el lugar, el día y la hora y yo había dicho que sí a todo lo que habías propuesto, aun si hubieras dicho que nos veríamos en el fin del mundo, yo hubiera aceptado, sin duda alguna. 
     El día había llegado y aun no me había recuperado de la noticia, tenía miedo de desmayarme, de perder la conciencia, de desconectarme porque era demasiado avasallador, tenía miedo porque ¡Yo quería sentirlo todo! Quería sentir el miedo, el éxtasis, la tranquilidad, todo, en el orden que me era dado, todo lo que tú me hacías sentir, pero a la vez quería estar cuerda y parecer un ser racional a tu llegada y esos dos puntos “sentirlo todo” y “cordura” no parecían conectar, al menos no me ha parecido el caso en todos estos años. Cerré mis ojos por un segundo y estaba todo oscuro mientras una silueta bailaba dejando luces de colores fosforescentes por donde pasaba, abrí los ojos y me pregunte si la silueta era tuya o mía, y ¿cómo tenía la osadía de aparecerse ahora mismo? Yo no tenía tiempo de resolver tales enigmas en ese preciso momento, apenas tenía tiempo de recoger todos mis sentimientos y contenerlos en una caja para que la casa no pareciera los escombros tras un remolino y te ahuyentase. 
     Había llegado una hora antes, no diez, ni quince, ni treinta minutos antes, sino una hora, una hora entera para divagar... una hora entera para volverme más loca de lo que ya estaba. Por un momento pensé que podía esperarte haciendo la fila, comprando los tickets antes que tú, pero luego pensé que no quería perder tiempo a tu lado, y hacer la fila junto a ti era tiempo juntos; pero, no había ninguna fila. Supuse que habías escogido esa hora por esta precisa razón. Tú llegaste quince minutos antes, y mi corazón sobresaltado, como siempre, no podía calmarse. Yo te veía precioso a la distancia, no podía ni imaginarme qué sería de cerca y te observe por un minuto que habrá parecido una vida entera para mi corazón que no podía más. Le agradecí a Dios que no me hayas visto todavía, eso me había dado tiempo de sacar esa tonta mega sonrisa de mi cara, y me había dejado vestir una sonrisa “menos emocionada”, permitiéndome demostrar una actitud más “pasiva”, aun cuando todos sabemos que soy todo menos pasiva, a menos que ponga esfuerzo en ello; haber logrado mantener mi entereza era un éxito colosal que tenía planeado celebrar más tarde, ahora mismo solo quería saludarte. 
      Mientras caminaba hacía ti y tú mirabas tu teléfono, una chica se acercó a ti y empezó a hablarte, me paré en seco, “¿De esto se trataba todo?”, “¿Habías invitado a alguien más?”, mil preguntas pasaron por mi cabeza en los segundos que ella te habló, y sentí como toda la energía de mi cuerpo me abandonaba y mis piernas flaqueaban, estaba a punto de entrar en pánico y, de repente, ella se fue... Tarde me di cuenta de que podía haber sido una completa desconocida pidiéndote alguna indicación, preguntando la hora, o algo por el estilo; no tenía que ser alguien arruinando mis planes necesariamente. Me apresuré a alcanzarte, antes de que mi imaginación me juegue otra mala pasada. 
     Cuando me viste tu cara no cambió de expresión, parecías tan impertérrito que debo admitir que me dolió, ya que por tonto que parezca me había imaginado que verme te habría conmovido tanto como verte me había conmovido a mí, pero no fue así... Sin embargo, yo no tenía tiempo de acarrear esa decepción conmigo en ese preciso instante, de manera que me sacudí la pena y seguí. Te salude con un beso en cada mejilla, como lo hacen en tu país, y tú parecías algo desconcertado, pero mi regla de no-touch había sido quebrantada a sabiendas de que esta podía ser mi única oportunidad, y hubo una explosión tal dentro de mí que empecé a pedirle fuerzas a Dios, para mantener la tranquilidad. Me miraste como diciendo “¿qué fue eso?” y mostrando indicios de lo que sería una sonrisa en mi cabeza, yo me encogí de hombros, tratando de quitarle importancia a un evento que tenía toda la importancia del mundo para mí. Miré en dirección de la boletería y empezamos a caminar en esa dirección, la chica que nos atendió era hermosa y no pude más que sentir celos y mirar tus ojos para “calcular qué tan inmersos estaban en ella”, pero nada había cambiado... seguías tan impávido como cuando me viste, mi corazón pudo respirar nuevamente.
    Entramos al museo y empezamos a caminar en silencio, estaba tan emocionada y absorbida en mí misma que había pasado por alto cómo podrías haberte estado sintiendo tú, te miraba cada tanto de reojo, y tú mirabas el arte en el museo, y yo pensaba que yo también miraba el arte en el museo aunque no necesariamente el arte propio del museo, sino el que estaba de pasada. A medida que avanzábamos, mi ánimo inicial caía en picada, me empezaba a sentir no querida, aun si no era la primera vez que sentía eso contigo, y en cada paso sentía que cientos de cubetas de agua helada me eran lanzados, empecé a sentir frío a tu lado, mucho frío. 
     Empecé a cuestionarme la salida en sí, si habías aceptado para que te dejase en paz de una buena vez, o si sentías una pizca de curiosidad por cómo saldría todo conmigo, pero tras treinta minutos caminando en absoluto silencio la primera idea tenía más sentido. Empecé a odiarme... por mi insistencia, por mi terquedad, por mi inocencia, por mi anormalidad, por todo lo que me había llevado a ese momento junto a ti donde estaba más que claro que no te interesaba. Y aun cuando luché mucho porque no pase, me había perdido en mis pensamientos como de costumbre y había pasado el límite de seguridad de una de las obras y un guardia se acercó a mí diciendo “Mi scusa, signorina, non puo fare questo” mientras apuntaba a mis pies y yo brincaba sobresaltada de retro, disculpándome repetidas veces y regresándote a ver pero tú seguías en silencio. Tú estuviste a mi lado todo este tiempo, de manera que también habías pasado el borde que no hay que pasar pero el guardia no te había dicho nada, ni siquiera había regresado a verte. 
    “¿Por qué me habían llamado la atención solo a mí?” me pregunté sintiéndome discriminada, y me acerqué a ti enojada, lista para escuchar las explicaciones del por qué de la actitud del guardia de tu boca, pero apenas me pare frente a ti, y dije “A ver, explícame” desapareciste, y yo parpadee varias veces, pensando que así te traería devuelta, pero seguías ausente, revise mi móvil y no habían mensajes, ni llamadas tuyas. Mire en frente de mí y estabas viendo un tren, me acerqué en silencio por temor a volver a perderte y cuando regresaste a verme, seguí observando a ese ser inmutable en el que te habías convertido, mi mano se alzó en pos de alcanzarte, pero yo hice que baje inmediatamente por el miedo de perderte una vez más. Hubo un quiebre entre la ficción y la realidad al parecer, algo se descolocó, o yo me descoloqué algo... sea lo que sea, no iba a permitir que te arrebatara de mí. 
      Seguí caminando a tu lado, mientras observabas cada uno de los objetos en ese lugar, y mientras tu admirabas su arte, yo seguía admirando el tuyo.

Sunday, August 14, 2016

Amandola

- ¡Espera! Ella gritó pero yo no podía parar de correr, tenía que escaparme antes de que sus mentiras me anclaran a su lado una vez más. Sin importar cuan dulce pareciese, cargaba en su boca el arma más letal que jamás he conocido.
- ¡Detente! Gritó una vez más y su voz parecía cansada, una parte de mí esta preocupado por su bienestar, me exigía volver para hacerla descansar, tomarle el pulso, asegurarme de que no se estaba sobre esforzando; pero otra parte de mí, la que me había mantenido con vida hasta ahora, me decía que no me detenga, era parte de mi supervivencia el alejarme de ella y del veneno mortal que conlleva cada una de sus palabras.
- ¡Oye! Vuelve. Dijo agotada, escuche cómo sus pasos cesaron detrás de mí y mis ojos me traicionaron, sentí como mi corazón se estrujaba una y otra vez; porque a pesar de todo, y por encima de todo, yo la amaba... Pero ella no parecía tener verdaderas intenciones amarme, no sé en qué momento empece a darme cuenta de que no me amabas en realidad, no sé en qué momento me desperté del sueño en el que me habían sumergido sus palabras; pero supongo que todo empezó cuando sus silencios comenzaron a extenderse a lo largo de nuestra platicas, donde solo percibía ecos del amor que me profesaba en el pasado, pero necio como siempre me negaba a dejar ir lo único que hasta el momento sentía me mantenía con vida: Ella.
Deje de correr porque ya no tenía sentido seguir haciéndolo, ella ya no estaba ahí amenazándome con su tierna sonrisa y el precioso sonido de su risa: con hacerme caer una vez más en su trampa, en la cual irremediablemente caería si me quedaba a su lado; porque con ella me pierdo... es extraño pensar cómo era ella siempre quién decía haberse perdido en mí tras conocerme, pero era yo quién quería volver y gritarle "¡Yo también me perdí! Yo también me perdí a mí mismo en ti!" Ni siquiera entiendo por qué me tomaba el tiempo de negarlo, no sé por qué me lo preguntaba siquiera. Probablemente ella quería hacerme caer en sus juegos mentales; porque más allá de todo, ella era un especie de bruja descorazonada, con un montón de embrujos bajo la manga, que me hacían: volverme loco, desconocerme, odiarme, anularme, todo el tiempo... empiezo a pensar que todo fue planeado. 
No habían pasado ni diez minutos cuando recibí un mensaje de texto de ella:
"Ya te extraño, mi amor. ¿Por qué te echaste a correr? No logre alcanzarte, sabes lo lenta que soy... ¡Yo soy chiquita! Y tú demasiado grande. Avísame donde encontrarnos. Te amo". 
Parecía dulzura, juro que parecía dulzura, pero parecía, solo parecía... porque lo suyo era maldad pura ¡era un engaño! La mentira más grande disfrazada ¡Pero que dulces suenan sus engaños inclusive! Aun cuando ya estoy enterado de lo que realmente son; sigue sonando como una melodía hermosa cada cosa que ella dice... 
Nunca sentí tanto miedo por mí mismo, como el miedo que su sola existencia me generaba. Sabía que no iba a ser fácil, que de ahora en adelante no pararía, que no había poder humano que la haga desistir de su cometido más que el de su propia voluntad. De repente sentí que la frialdad propia de mi alma recubría mi corazón, por ilógico que sonase me sentía abandonado aun cuando era yo dejándola y no al contrario. Empece a odiarla, tan extenso como fue mi amor por ella logró ser mi odio, porque se iba con ella lo mejor de mí, mis últimos restos de humanidad; y porque ella era lo mejor que jamás me había pasado, porque tan miserable e inmunda sentía mi existencia que aun algo tan corrupto, falso y desquiciadamente enfermo como ella era la cosa más linda que jamás me había sucedido... a pesar de todo, y por encima de todo ella seguía siendo mi única oportunidad de saborear un poco la dulzura de la vida en mis días tan llenos de amargura y tristeza, porque independientemente de todo debo admitir que yo... la sigo amando.